Escrito por: Victoria Villanueva
Conocí a Jenny hace muchos años y desde el primer momento su sonrisa abierta y mirada franca captaron mi atención. Llegó a Manuela Ramos un día cualquiera porque una vecina le había contado que allí podría obtener un crédito. Sin vacilar, se acercó con un tacho de madera que con mucha seguridad puso sobre la mesa. Las encargadas de créditos cuentan su sorpresa. Por lo general llegaban mujeres con documentos, fotografías, cuadros que sustentaran su solicitud, pero a la pregunta que hicieran a Jenny sobre la razón de su visita, ella sólo respondió:
-Quiero hacer más tachos como éste.
A partir de entonces la vimos crecer. Conocimos de su coraje emprendedor y de su fortaleza para no rendirse ante los problemas, cómo fue ganando espacios físicos para la producción no sólo de tachos de madera sino de muebles y cómo le llegaron reconocimientos nacionales e internacionales.
Hace un par de semanas nos sorprendió con un libro escrito por ella: “Cuando aprendí a escucharme”. Once capítulos que nos transmiten sentimientos profundos recogidos en los últimos años, recordando miedos, penas, violencia, siempre con una mirada que transformaba el dolor o angustia en esperanza y alegría.

El miedo es su puerta de entrada. Miedo a no tener respuesta a sus dudas, a no reconocerse en el espejo, a un futuro incierto, miedos que los tenía encerrados con llave porque la trasladaban a la violencia en su infancia, violencia que no reconocía pero que había dejado huellas profundas. Hasta que decidió dejar entrar al miedo, escucharlo y dejar salir sus sentimientos para sanar y compartir esta historia para ayudarnos a comprender que la fuerza no nace de ignorar el miedo sino de caminar a su lado.
Jenny nació y vivió en el Villa El Salvador de los 80-90 marcados por el miedo, la escasez y la incertidumbre pero su familia era la fuerza que la sostenía. Seis hermanos que a espaldas de los dramas que se vivían en el exterior reían, cantaban, jugaban y la esperanza no los abandonaba. Se empezó a desarrollar el “Parque Industrial” y el padre de Jenny fue parte del llamado “plan Piloto”. Se organizaban campeonatos deportivos y un día los muchachos, terminado el partido decidieron ir a recoger a su papá. Entre discusiones con los policías que dudaban sobre el quehacer de los muchachos el vigilante apretó el gatillo y el hermano Pepe cayó muerto. Este hecho ocurrió un domingo de noviembre de 1990 y la vida de la familia cambió completamente, pero no faltaba alguien que cantara una canción del hermano Pepe para que toda la familia sonriera. Pepe nunca dejó de estar presente.

A lo largo de su relato conocemos también a sus amigas del barrio y de su vida escolar, los momentos de violencia que ellas sufrían, que la indignaba, pero que no se atrevía a denunciar.
Jenny nació entre maderas, herramientas y máquinas. La familia entera estaba involucrada con el trabajo del padre y hasta uno de los hermanos aprendió el oficio y se incorporó al equipo de trabajo. Jenny, más pequeña, recogía restos de madera y jugaba con ellos, eran sus compañeros, hasta que armando piezas logró componer una caja que con clavos de aquí y de allá quedó con base y todo. Orgullosa la mostró a su padre sin recibir más respuesta que: “Y eso para qué sirve?”. Se equivocó el padre. Esa caja de madera, bien trabajada ya, era el famoso tacho que llevó a Manuela Ramos y que le abrió las puertas a su nueva vida como emprendedora.
El camino no fue fácil. Al principio trabajó en el taller de su padre, según Jenny “el taller era vibrante, lleno del zumbido de las máquinas, el repiqueteo de los martillos, las conversaciones animadas de los trabajadores”. Allí podía vender sus tachos, pero surgieron problemas con el padre y lo pasó mal hasta que consiguió un local en el Parque Industrial. Quería hacer un buen trabajo, pero necesitaba herramientas, maquinaria, conocimiento y práctica. Cierta vez uno de los trabajadores no llegó y Jenny se encontró frente a la máquina de corte sin saber qué hacer. El proceso parecía simple. Poner la madera en un carril, prender un botón y la madera se empezaba a mover. Después de superar sus miedos, porque conocía de historias de corte de dedos, puso la máquina en funcionamiento y la madera salió reluciente. Que se asustó, se asustó y, claro, después lo disfrutó.

En épocas en que recibía reconocimientos nacionales e internacionales la mayor alegría de Jenny era el encuentro con mujeres de diferentes latitudes, lenguas no conocidas y vestidos diferentes, unidas por su fuerza y alegría. No estaba sola.
Sólo hace un par de años Jenny empezó a mirarse por dentro y escucharse. Había logrado éxitos en los negocios, reconocimiento y una hermosa familia. Eso era lo que siempre había ambicionado y, sin embargo, reconocía que no era suficiente. Empezó a escribir solo para ella y conforme avanzaba sentía la necesidad de compartir con otras mujeres sus sentimientos, pero antes había que tomar decisiones. Sus dos talleres y las cuatro salas de venta las pusieron en alquiler y siguió escribiendo este hermoso libro para compartir.

